Cuando pensamos, hablamos, escuchamos o leemos acerca de La Naranja Mecánica, se nos viene a la mente, como por especie de inercia, la novela escrita por Anthony Burgess en 1962 y luego su adaptación cinematográfica nueve años más tarde hecha por el aclamado director Stanley Kubrick. La historia habla de Alex, un joven de 15 años que disfruta de la violencia, una persona que ve a la sociedad y humanidad de una forma “cruel”, el cual expresa todo su odio junto a sus tres “drugos”. El estreno de la película y su gran éxito de taquilla coincidieron con el “fútbol total” de la Selección de Países Bajos* (no Holanda, ya se explicará al final del artículo), un equipo que con su juego ordenado y bello para los ojos del espectador deslumbraron en el mundial de 1974 de Alemania, siendo derrotados por 2-1 en la final ante la RFA (o Alemania Occidental). Con esta gran actuación, el combinado neerlandés tomó protagonismo, ganándose el apodo de La naranja mecánica por parte de la prensa especializada -apodo que hasta hoy mantienen- y con un Johan Cruyff que perfectamente reencarnó a Alex, esta vez haciendo el bien dentro del terreno de juego.

Países Bajos ha otorgado al fútbol grandes jugadores que siguieron la filosofía del fútbol total, pero como combinado solo han ganado en toda su historia un torneo: la Eurocopa de 1988 en Alemania Federal, torneo que por esta edición será completamente esquivo en su vitrinas. Sin embargo, esta historia fue forjada no solo por los nativos neerlandeses, sino que también ha aparecido como “invitado fantasma” otra nación que pensábamos que estaba fuera del mapa… hasta ahora.

Citaré un extracto del libro El fútbol a sol y sombra del desaparecido escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano en referencia al actuar de la Orange durante el mundial de Francia 1998, para que empecemos a descubrir esta nación exótica que ha estado detrás de los “Tulipanes”:

“De los equipos latinoamericanos, la verdad sea dicha, el que más me gustó fue Holanda *(sic. Nuevamente: al final del artículo se explicará por qué está mal dicho). La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pasos cortos, gozador de la pelota. Este estilo se debió, en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del sur: descendientes de esclavos, nacidos en Surinam. No había negros entre los diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda* (otra vez…) pero en cancha sí que los había. Fue una fiesta verlos: Kluivert, Seedorf, Winter, Bograde, Davids. Davids, motor del equipo, juega y crea juego: mete pierna y mete líos, porque no acepta que los futbolistas negros cobren menos que los blancos”.

Pocas personas piensan que este pequeño país ubicado en nuestra Sudamérica y que no cuenta con más de 550 mil habitantes sea (y sigue siendo) una de las mayores fábricas de talentos en el fútbol mundial. Surinam efectivamente fue una colonia neerlandesa, que todavía tiene lazos con la nación europea y que debido a las precarias condiciones que existen en las academias de fútbol, muchos jugadores hacen sus carreras en el viejo continente. De hecho, la selección surinamesa nunca ha clasificado a una copa del mundo y a pesar ubicarse geográficamente en Sudamérica, pertenece a la Concacaf, lo que ha traído más de un problema tanto en lo futbolístico como también en lo turístico. ¿Se imaginan partidos entre esa nación con Brasil, Argentina, Uruguay e incluso, Chile? Sería más que un beneficio para el país, muy por el contrario al pensamiento del presidente de la Federación de fútbol de Surinam, Ewald Gefferie: “En la Concacaf tiene dificultades ( la selección) para imponerse, pero en la Conmebol no tendría ninguna posibilidad (…) Basándonos en nuestro nivel de desarrollo, optamos por adherirnos a la Concacaf, donde existen países con diferentes niveles de juego. Hemos considerado igualmente la posibilidad de participar en las competiciones sudamericanas, pero debido a nuestra calidad de juego actual no nos pareció adecuado enfrentarnos a esos gigantes”.

Como decía Galeano, muchos jugadores son “hijos de la esclavitud”, la gran emigración hacia los Paises Bajos generó el cambio del fútbol total que se conocía. Primero con la obtención de la Euro 88’ teniendo a figuras como Ruud Gullit y Frank Rijkaard, ya siguiendo en los 90 con estrellas de la talla de Clarence Seedorf, Edgar Davids, Aron Winter, Patrick Kluivert y Jimmy Floyd Hasselbaink; y ahora con la nueva generación de jugadores como Romeo Castelen, Ryan Babel, Royston Drenthe y Urby Emanuelson.

Surinam y Países bajos, localidades que actualmente viven realidades sumamente distintas, pero que tienen una historia que los une. Los ocho mil kilómetros que separan a Paramaribo de Ámsterdam no han sido impedimento para que nos brinde una de las mejores escuelas de fútbol mundial que, por el momento, solo podremos ver en el combinado europeo.

*DATO EXTRA (Para aclarar por qué está mal dicho mencionar a Países Bajos como Holanda)

El país originalmente se llama Países Bajos, debido a que el territorio posee menos altura que el nivel del mar, pero muchas veces se le confunde con Holanda debido a que la provincia más importante del país, compuesta por las ciudades de Ámsterdam y Rotterdam fueron durante la edad media la zona de comercio, donde pasaban todos los productos y servicios, y a la hora de dirigir el rumbo hacia el sector todos gritaban “hacia Holanda“. Desde ese momento se les confunde el nombre del país con el nombre de la provincia más importante de ésta.